Cómo llegó la vid a la Península
Ibérica es algo que no se puede afirmar a ciencia cierta. Se piensa
que la trajeron los griegos pero también es posible que fueran lo
púnicos. En cualquier caso, lo que sí podemos asegurar es que data
de muy antiguo el conocimiento que se tiene del vino en España.
Incluso puede ser anterior al Siglo I a C. pues hay documentos que
así lo indican.
En la Hispania, fueron los romanos los primeros viticultores en
emplear con maestría las técnicas para la obtención del mosto de
uva.
En la Edad Media, siglo V, los visigodos invadieron la península y
tuvieron fama de buenos bebedores de vino, aunque también elaboraran
sidra y cerveza.
Con los árabes llegó la prohibición Coránica, si bien continuó
relevante la gran cantidad de vino que los árabes hispánicos
consumían.
Durante la Reconquista se volvió a plantar las vides que habían sido
devastadas por la guerra, siendo las comunidades religiosas y los
monasterios los que jugaron un importante papel en esta labor.
Las viñas se extendían alrededor
de los monasterios y se fueron alargando hasta cubrir las cuencas
del Duero y alto Ebro, creciendo a lo largo del Camino de Santiago
donde surgen los vinos de la Ribera del Duero.
Durante el siglo XVIII se inicia un proceso en la etnología española
con nuevos tipos de vid procedentes, sobre todo, de Francia e
Italia.
El siglo XIX se caracteriza por la transformación de las técnicas
artesanales en nuevos procedimientos industriales.
El siglo XX es trascendental para el vino en cuanto a la evolución
de su calidad. En los años 30 se crea el Estatuto de la Viña, del
Vino y de los Alcoholes .
La evolución de la calidad viene dada por la Convención de París en
1883 y luego por el Acuerdo de Madrid en 1891 y posteriormente por
el de Lisboa en 1958, sobre la protección de las Denominaciones de
Origen como garantía de la calidad de los vinos, culminando en 1970
con la creación en España del Instituto Nacional de la Denominación
de Origen.
Las extremas condiciones meteorológicas de la meseta norte
castellana junto con la proximidad del
río Duero proporcionan las más exquisitas uvas para
vinificación.
Generaciones de viticultores que horadaban "bocos" en las laderas próximas al río para lograr en ellos las mejores condiciones naturales para la crianza de vino, dieron nombre al pueblo de Bocos de Duero y a nuestras bodegas.
El vino no solo es
placer para los sentidos sino también es medicina y energía para el
cuerpo y la mente; estimula el apetito, favorece la digestión,
atenúa los estados melancólicos y es un gran vasodilatador y
cardioprotector.